Lactancia Artificial PDF Imprimir E-Mail

LA LACTANCIA ARTIFICIAL

Si por cualquier motivo justificado, la lactancia materna no es posible, se hace necesario utilizar leche artificial. La necesidad de responder a las necesidades específicas del recién nacido obliga a modificar la leche de vaca de tal manera que se parezca lo más posible a la composición nutritiva de la leche materna, en preparaciones denominadas de “fórmula adaptada”, aunque presentan algunas diferencias con ella, tanto cuantitativas como cualitativas.

Es el pediatra quien decide el tipo y la cantidad de leche que ha de tomar el bebé, ya que existen fórmulas con diferentes usos dietéticos o terapéuticos. Así mismo, quién esté a cargo de su alimentación, deberá seguir las instrucciones que figuran en los envases.

Fórmula láctea de inicio: Diseñada para cubrir por sí sola las necesidades del lactante sano hasta los 4-6 meses, siendo las únicas que se pueden aceptar como válidas en caso de fracaso de lactancia materna. Se pueden utilizar como complemento de otros alimentos hasta el año de edad.

Fórmula láctea de continuación: Sustituye a la fórmula láctea de inicio, a partir de los 6 meses, ya que es más apta para el crecimiento y desarrollo del bebé. Deben utilizarse hasta el año de vida y son recomendables hasta los 2 años e incluso los 3 años. Están enriquecidas en hierro y aseguran el aporte diario necesario de este mineral, del calcio y de algunas vitaminas (A, D y E), pues la alimentación complementaria no garantiza cantidades suficientes de estos nutrientes.

Se dispone igualmente de formulas adaptadas para alimentar a los lactantes y niños que requieren una alimentación especial, tales como: leches para prematuros, fórmulas hipoalergénicas, fórmulas sin lactosa, leches vegetales, leches a base de hidrolizados de proteínas, etc.

El biberón: cantidades, asepsia, temperatura…

En la utilización de leches adaptadas es conveniente seguir con minuciosidad las normas de preparación de los biberones, tanto con relación a las proporciones como a la manipulación higiénica.

Dado que la temperatura de la leche materna es de 37° C, sería lógico que el biberón tuviera la misma temperatura. Lo esencial es que no esté nunca demasiado caliente. Para comprobar la temperatura, se dejan caer dos o tres gotas de leche sobre el dorso de la mano y, si fuera necesario, se calienta o se deja enfriar. Por razones de asepsia, nunca se comprobará la temperatura succionando la tetina uno mismo.

Para conseguir una higiene óptima en la manipulación de los biberones, lo recomendable es lavarlos con esmero, utilizando jabón y cepillo, a medida que el bebé termina de usarlos, y guardarlos en un recipiente limpio y con tapa, destinado exclusivamente a ellos. Asimismo, es necesario lavarse las manos con jabón antes de manipular los biberones, así como antes de dárselo al bebé.

Es importante que el bebé se alimente en un clima de tranquilidad, hecho que contribuirá a que establezca con la comida una relación más directa y exclusiva, a la vez que la ausencia de tensión nerviosa le ayudará a hacer una mejor digestión.

Diferencias entre la leche materna y la de vaca

Proteínas no alergizantes. La diferencia entre la leche de vaca y la humana radica en que la primera contiene beta-lactoglobulina, ausente en la segunda. Esta proteína es un alergeno potente para los bebés, además presenta una gran resistencia a la digestión ácida del estómago, de manera que es probable que atraviese el intestino sin ser digerida. La leche materna contiene menos caseína, por lo que precipita en finos grumos en el estómago, además, contiene otras proteínas que favorecen la digestión y absorción de las grasas y tienen acción bactericida.

Hidratos de carbono. En la leche materna el principal hidrato de carbono es la lactosa, presente en mayor cantidad que en la de vaca. Este azúcar es transformado en ácido láctico y esta acidez favorece la absorción de calcio, hierro, fósforo y otros minerales. Su concentración no varia a pesar de las modificaciones dietéticas y las condiciones nutricionales de la madre. El resto de azucares de la leche materna (oligosacáridos) favorecen el crecimiento de Lactobacillus bifidus, bacterias que generan un medio intestinal ácido que inhiben el crecimiento de determinados microorganismos patógenos.

Lípidos. Son la principal fuente energética de la leche materna. El contenido en lípidos varía de una mujer a otra, de una toma a otra (tiene más riqueza al final de la mañana y al inicio de la tarde), dentro de la misma toma (contiene 4 veces más lípidos al final de la toma) y aumenta a lo largo de la lactancia. Por lo general, la leche materna es más rica en grasas que la de vaca y más abundante en ácidos grasos insaturados, los cuales ejercen un papel importante en el desarrollo del sistema nervioso. Por otro lado, la leche materna contiene más colesterol que la de vaca, lo que se traduce en una menor síntesis endógena de colesterol.

Vitaminas. La leche materna contiene las vitaminas en la concentración adecuada para los bebés. Una salvedad es la vitamina D, que es complementada por prescripción médica.

Minerales. La leche materna es tres veces menos rica en minerales que la leche de vaca, especialmente en sodio, lo cual impide una sobrecarga renal en el lactante. El contenido en calcio y en hierro es menor (conviene complementarlo), pero su absorción es mejor gracias a la acidez intestinal.

 

INTRODUCCIÓN DE LA ALIMENTACIÓN COMPLEMENTARIA, DESTETE O BEIKOST

La leche como alimento único a partir de los seis meses no proporciona la energía y nutrientes que precisa el lactante a partir de esta edad, y además, como sus funciones digestivas han madurado, se debe incluir una alimentación complementaria, siguiendo unas normas regladas.

No se recomienda introducir nuevos alimentos antes de los 5-6 meses, aunque tampoco es aconsejable hacerlo más allá de los seis, porque la falta de diversificación es motivo frecuente de anorexia (pérdida de apetito), a la vez que se desaprovecha una época muy válida para la educación del gusto y la adaptación progresiva a una alimentación equilibrada, variada y suficiente.

A la edad de seis meses, el Beikost no debe proporcionar más del 50% de las calorías diarias.

Al ir haciéndose mayor, se le irá disminuyendo el número de tomas, de forma que de las 6-8 veces al día que suele alimentarse al empezar la lactancia, pasará progresivamente a 4-5 tomas en la segunda mitad del primer año. Ello no debe comprometer el aporte total de leche (materna, de fórmula o productos lácteos equivalentes), que debe mantenerse por encima del medio litro al día.

En esta etapa el aporte de agua es fundamental; al introducir los alimentos sólidos, el aporte hídrico debe aumentarse. Hay que ofrecerles a menudo agua, y más en situaciones de enfermedad, fiebre, diarreas, etc.

La forma habitual de introducir la alimentación complementaria es ir sustituyendo, de una en una, las tomas de leche que recibe el lactante por los distintos componentes de la alimentación complementaria (papilla de cereales, fruta, puré de verdura…); con intervalo suficiente para que el niño vaya aceptando los nuevos alimentos, probando la tolerancia del niño a los mismos antes de introducir uno nuevo y dando tiempo a la adaptación de su organismo. Esto ayudará a los padres a identificar cualquier alergia o intolerancia a alimentos específicos.

Es muy importante en este periodo, permitir que la cantidad de alimento pueda variar de un día a otro y de una semana a otra, según el apetito del niño.

El lactante es especialmente sensible y vulnerable ante transgresiones dietéticas y sus consecuencias son más serias que en el niño mayor y el adulto; puede desarrollar anemia por consumo temprano de leche de vaca, intolerancia a la leche de vaca, celiaquía o intolerancia al gluten y alergias alimentarias.

En este período es de vital importancia la introducción tardía del gluten (proteína presente en trigo, centeno, avena, cebada y triticale o híbrido de trigo y centeno) en la dieta para reducir el riesgo de celiaquía. Es más, cuanto más tardía es la introducción del gluten, más benigno y menos agresivo será el debut de la enfermedad, si es que se produce. Los cereales que no contienen gluten son: arroz, maíz, mijo y sorgo.

También hay que destacar la importancia de retrasar aquellos alimentos más alergénicos como el huevo, el pescado o algunas frutas como la fresa o el melocotón a un momento en que la permeabilidad intestinal sea menor y disminuyan las posibilidades de desarrollar una alergia alimentaria; y en niños con antecedentes atópicos, nunca antes del año.

Es muy importante en este periodo, permitir que la cantidad de alimento pueda variar de un día a otro y de una semana a otra, según el apetito del niño.

El control del peso durante el periodo de lactancia se ha centrado tradicionalmente en la detección de la desnutrición, pero los cambios en el nivel de vida de nuestro país hacen menos frecuente esta circunstancia salvo en enfermedades crónicas, y comienzan a aparecer problemas de sobrepeso y obesidad. En el periodo de lactante, especialmente tras la introducción del “beikost”, debemos estar alerta, ya que si se instaura la obesidad a estas edades será más difícil erradicar este trastorno posteriormente.


Introducción de los nuevos alimentos uno por uno

Los cereales. Se introducirán alrededor de los 5-6 meses y nunca antes de los cuatro. Primero serán sin gluten para evitar sensibilizaciones e intolerancias a esta proteína. A partir de los 7-8 meses se puede dar mezcla de cereales con gluten. A menudo es el primer elemento distinto de la leche que se introduce en la dieta de los lactantes.

Los cereales contribuyen al aporte energético, son fuente de proteínas, minerales, vitaminas (tiamina especialmente), ácidos grasos esenciales e hidratos de carbono de absorción lenta, por lo que permite espaciar más las tomas. No obstante, al tratarse de un alimento calórico, existe riesgo de sobrealimentación si se abusa de su consumo. Para preparar las papillas debe utilizarse la leche habitual y añadir el cereal necesario, manteniendo así el aporte mínimo de 500 c.c. de leche diarios.

Las frutas. Se empezará a partir de los 5 meses con zumo de frutas, y más adelante con una papilla de frutas por su aporte vitamínico, nunca sustituyendo a una toma de leche, sino complementándola. Se deben emplear frutas variadas (naranja, manzana, pera, uva, ciruela), para contribuir a educar el gusto, y es preferible evitar las más alergénicas como fresa, fresón, frambuesa, kiwi y melocotón. Suelen introducirse después de conseguida la aceptación de los cereales, aunque puede hacerse a la inversa. No deben endulzarse con azúcar. No tiene base nutricional ofrecer zumos de fruta antes de los 4 meses y son probables las reacciones adversas.

Las verduras y patatas. Se irán introduciendo a partir de los 6 meses por su aporte de sales minerales. Se deben evitar al principio las verduras con alto contenido en nitratos, como remolacha, espinacas, acelgas y nabos, incluso de cultivo biológico, no introduciéndolas diariamente. No debe aprovecharse el agua de cocción de estas verduras para añadir al biberón. Por ello, al principio se han de preferir patatas, judías verdes, calabacín, etc. para más tarde introducir las demás verduras. Estas deben cocerse con poca agua y en este caso si se puede aprovechar el caldo de cocción, en el que quedan disueltas parte de las sales minerales. Al inicio, se recomienda evitar las flatulentas (col, coliflor, nabo) o muy aromáticas (puerro, espárragos) Conviene añadir una cuchara de postre de aceite de oliva al puré, pero no debe añadirse sal.

Carnes. Preferiblemente las menos grasas, empezando por el pollo y nunca antes de los seis meses, en una cantidad de 10-15 gramos por día y aumentando 10-15 gramos por mes, hasta un máximo de 40-50 gramos, mezclada y batida la carne con patata y verduras. Posteriormente se introduce la ternera, el cordero y otras. Aportan proteínas de alto valor biológico, lípidos, hierro, zinc y ciertas vitaminas. Las vísceras (hígado, sesos, etc.) no tienen ventajas sobre la carne magra y aportan exceso de colesterol y grasa saturada.

Pescados. Nunca comenzar antes de los nueve meses debido a su mayor capacidad de provocar alergia, y si el bebé tiene antecedentes familiares de alergia, incluso hasta pasado el año de edad. A partir de esta edad, el pescado puede sustituir a algunas tomas de la carne. Es conveniente empezar por pescados blancos como merluza, lenguado, rape, gallo, siendo extremadamente cuidadosos con las espinas.

Huevos. Nunca crudos. Se introducirá primero la yema cocida sobre el noveno mes añadida al puré de medio día, para tomar el huevo entero (con la clara) hacia los doce meses. Puede sustituir a la carne. La frecuencia de consumo recomendada es de 2-3 unidades por semana. La yema es buena fuente de grasas, ácidos grasos esenciales, vitamina A, D y hierro. La clara aporta principalmente proteínas de alto valor biológico, pero entre ellas se encuentra la ovoalbúmina, con capacidad de provocar alergia.

Legumbres. Añadidas al puré de verduras a partir de los 18 meses. Si se mezclan con arroz u otros cereales, sustituyen a la carne, y se pueden tomar así hasta dos veces por semana.

Yogures. A partir del octavo mes; natural, sin azucarar como complemento de la merienda, sólo o mezclado con la papilla de frutas.

Azúcares refinados, miel y otros dulces. No es recomendable el consumo de azúcar, pues la dieta del bebé tiene un aporte adecuado de hidratos de carbono. Es muy importante no alimentar a los lactantes con miel ni jarabe de maíz debido a que estos alimentos se han identificado como las únicas fuentes dietéticas de las esporas del Clostridium botulinum y a esta edad no tienen la inmunidad suficiente para resistir el desarrollo de estas esporas causantes del botulismo.

Agua. Mientras el lactante recibe sólo leche materna o fórmula adaptada no requiere líquidos adicionales, salvo en situaciones extremas de calor o pérdidas aumentadas de líquidos (fiebre, diarrea). Por el contrario, ya que la alimentación complementaria supone una mayor carga renal de solutos, no basta con los líquidos aportados por la leche y otros alimentos, y se debe ofrecer al niño agua con frecuencia.

La leche de vaca. Nunca se introducirá antes del año, y cuando se incluya en la dieta deberá ser entera, por su aporte de vitaminas liposolubles (solubles en grasa) y grasas, salvo que haya recomendación médica que especifique otra cosa.


ES UN ERROR...

AÑADIR SAL A LAS PREPARACIONES DE ALIMENTOS

El bebé tiene unas necesidades de sodio inferiores a las de las personas adultas. No es preciso añadir sal, ya que el bebé satisface las necesidades de dicho mineral a través del sodio que contienen los alimentos de forma natural. Por otro lado, el niño se acostumbra a aceptar los platos con este grado de palatabilidad bajo en sal, disminuyendo consecuentemente la ingesta de la misma a lo largo de la vida.

Una correcta educación del paladar desde la infancia, potenciando el gusto propio de los alimentos, evitaría los dificultosos cambios de hábitos a los que se ven obligados quienes precisan reducir la cantidad de sal en su dieta diaria.

ABUSAR DEL AZÚCAR

Habituemos al niño a comer productos lácteos y compotas en su estado natural, sin adición de edulcorantes. La introducción frecuente de sacarosa (azúcar común) comienza a habituar al niño a los alimentos de sabor dulce, siendo este azúcar uno de los agentes responsables del desarrollo de caries dental, además del peligro de desequilibrio nutritivo que comporta la frecuencia de ingesta de alimentos edulcorados, que desplazan a otros más nutritivos.

Es muy común que lactantes y niños que reciben agua azucarada o jugos de fruta a la hora de acostarse desarrollen un tipo de caries dental que afecta a los dientes anteriores superiores y, a veces, posteriores inferiores.

NO DAR AGUA AL NIÑO CON FRECUENCIA

El lactante presenta muy elevados requerimientos de agua por kilogramo de peso corporal, debido a que el espesor cutáneo es menor, con lo cual son mayores las pérdidas por transpiración. El bebé no ha desarrollado totalmente la capacidad de producir orina concentrada, por lo que necesita más cantidad de agua para disolver las sustancias que se eliminan por orina que en el caso del adulto.

El agua que necesita el lactante procede de la que contiene la leche materna o el biberón. Sin embargo, cuando se dan otras circunstancias como elevada temperatura ambiental, exceso de calefacción, fiebre, diarrea, si la comida está muy espesa, etc.; hay que suministrar agua como tal, para no correr riesgo de deshidratación. Acostumbre al niño a beber agua sola, sin azúcar, o zumo de fruta sin azucarar.

 

PREVENCIÓN DE ALERGIAS ALIMENTARIAS

¿QUÉ SON LAS ALERGIAS ALIMENTARIAS?

La alergia a los alimentos ocurre cuando el sistema inmune reacciona frente a una sustancia concreta (alérgeno) que es bien tolerada por la mayoría de personas. El alérgeno es principalmente una proteína de un alimento con la que el afectado entra en contacto por ingestión, contacto o inhalación. La reacción más común es la formación de anticuerpos IgE (inmunoglobulina E)

El proceso es el siguiente: la primera vez que se ingiere el alimento causante de alergia, el organismo produce las IgE específicas dirigidas contra alguna proteína de ese producto; en la segunda vez, los anticuerpos reaccionan contra la comida estimulando la fabricación de histamina y otras sustancias químicas (llamadas mediadores) que causan los síntomas de la alergia: urticaria, eccema, angioedemas (se hinchan los labios, los dedos de las manos, de los pies, etcétera), dermatitis atópica y shock anafiláctico -poco frecuente- si la reacción alérgica afecta a varios órganos, y que puede comprometer la salud del bebé.

Las manifestaciones clínicas en la alergia pueden tener un inicio agudo durante los primeros seis meses de vida, con diarrea grave, vómitos, dolores abdominales, fiebre, etc.; o un inicio tardío que cursa con retraso en el crecimiento (peso y talla), heces voluminosas, distensión abdominal y signos de malnutrición como anemia ferropénica (por mala absorción de hierro).

El 50% de las alergias alimentarias se desarrolla en el primer año de vida

La alimentación del niño en su primer año de vida es decisiva para potenciar las defensas naturales de su organismo frente a alergenos alimentarios. Expertos en alergología coinciden en que la alimentación materna debería mantenerse, al menos, en este primer año y retardar la introducción de alimentos potencialmente alergénicos como aquellos que contienen gluten (papillas con trigo, avena, cebada o centeno), leche de vaca, huevos, pescado y soja hasta pasados los 12 meses de edad; sobre todo cuando existen antecedentes genéticos familiares que predisponen a sufrir alergias.

 

La susceptibilidad a uno u otro alimento varía también según la edad

En el primer año de vida, las mayores amenazas suelen centrarse en la leche, los huevos, el pescado y los cereales.

En el segundo, los alimentos que causan más problemas son las frutas (sobre todo las rosáceas: melocotón y albaricoque) y los cítricos. En el tercer año de edad, pasan a formar parte de la lista el pescado y los frutos secos (cacahuete, avellana, nuez y almendra).

La duración de estos cuadros a lo largo de la vida también es variable. En el primer año de vida la alergia a la leche, por ejemplo, suele ser transitoria, solucionándose a los 18-24 meses. En cambio, la alergia al huevo suele durar 10 ó 15 años o toda la vida. La hipersensibilidad a los frutos secos y pescados también es duradera.

Por otra parte, en un informe que publica el Boletín del Consejo Europeo de Información Alimentaria (EUFIC), advierten de que las alergias alimentarias varían según los alimentos complementarios locales: Por ejemplo, las reacciones al arroz son más frecuentes en Japón que en Europa, y lo eran las reacciones a los cacahuetes en EEUU, hasta su reciente aumento en Europa.

El tratamiento dietético de estas alergias es el más eficaz y consiste en suprimir los alimentos alergizantes. De esta manera se consigue que al cabo de unos años el sistema inmunológico se normalice, y en muchas ocasiones, el niño acaba tolerando los alimentos que le producían alergia.

Sin embargo, en numerosas ocasiones la dieta de eliminación pueden plantear inconvenientes, puesto que hay sustancias alergizantes que no aparecen en las etiquetas (alimentos ocultos). No existen tampoco normas claras al respecto y algunos alimentos o sustancias cuando se encuentran en proporciones bajas no se incluyen en el etiquetado.

 

ALIMENTOS MÁS PROBLEMÁTICOS

Leche de vaca: Se produce por un rechazo a las proteínas lácteas, y se manifiesta con síntomas cutáneos (eccema, urticaria), digestivos (flatulencia, diarrea) y respiratorios (asma). Una vez establecido el diagnóstico el único tratamiento realmente eficaz es una dieta estricta de eliminación de dichas proteínas, ya que pequeñas cantidades, aunque no produzcan síntomas, pueden favorecer la persistencia o el aumento de la sensibilización. Como sustitución, existen las fórmulas con otra fuente proteica intacta (soja) y las fórmulas extensamente hidrolizadas. Las fórmulas parcialmente hidrolizadas nunca deben emplearse en el tratamiento de la alergia a la leche, ya que un porcentaje de sus proteínas puede conservar todo su poder alergénico. El pronóstico de la alergia a las proteínas de la leche es favorable, remitiendo la mayor parte de los casos antes de los 3 años de evolución. En ocasiones esta alergia no es diagnosticada, y favorece alergias a otros alimentos.

Huevo: Las proteínas de la clara son las más problemáticas. La dermatitis atópica y el asma son manifestaciones habituales de alergia al huevo. Esta alergia suele aparecer antes de los 2 años y desaparecer de 2 a 5 años después de su inicio. El único tratamiento posible es evitar su consumo. Hay que tener en cuenta que existen multitud de productos que pueden contener componentes del huevo, y no siempre estará indicado en las etiquetas.

Quesos madurados: Las proteínas lácteas que contienen pueden causar alergia. También la lisozima, una proteína del huevo que se emplea en la fabricación de algunos quesos provoca alergia. Las aminas que contienen los quesos curados, tales como tiramina e histamina, favorecen las reacciones alérgicas.

Pescados y mariscos: Sus propias proteínas, la histamina que se forma al descomponerse (proteína de alto poder antigénico) y el parásito Anisakis simplex, puede causar reacciones alérgicas más duraderas en su sensibilización y que pueden perdurar décadas e incluso toda la vida.

Especias: Pueden causar alergia por contacto, por inhalación del polvo que desprenden y por ingestión.

Frutos secos: Pueden provocar alergia sobre todo en los niños, y se manifiesta con eccemas, por lo que es conveniente retrasar su consumo hasta pasado el año de edad.

Frutas: Kiwi, papaya, aguacate, plátano, fresas, frambuesas, grosellas son las frutas que con más frecuencia se han identificado como causa de alergia.


REACCIONES CRUZADAS

Al hablar de alergia a un alimento, se ha de tener en cuenta que se establecen familias de alimentos “alergizantes” que pueden provocar reacciones alérgicas en personas sensibles. Es decir, un niño que tiene alergia a la leche de vaca tiene mayor sensibilización hacia la carne de vacuno como la ternera, buey…; quien es alérgico al chocolate, lo puede ser al cacao y al refresco de cola. En la familia de los guisantes se incluyen además cacahuetes, judías secas, regaliz y goma tragacanto (E-413). A la familia de la rosa pertenecen fresas, frambuesas, moras, zarzamoras y otras variedades de frambuesa.


NUEVOS ALÉRGENOS

Continuamente se están descubriendo nuevas sustancias alérgenas. Por ejemplo, el Anisakis simplex es un parásito que contamina a diversos pescados. Sólo si se toma vivo dicho parásito, al consumir pescado crudo o poco cocinado, puede provocar una reacción alérgica. Se destruye con la congelación y con la cocción.

Los aditivos responsables del mayor número de casos de alergia son ciertos colorantes, conservantes y antioxidantes. Aunque siempre deba descartarse un proceso alérgico a fármacos, cuando un paciente, generalmente un niño, presenta urticaria o erupciones más leves tras la ingesta de jarabes de composición distinta, lo más probable es que se trate de una reacción alérgica a los aditivos, colorantes o aromatizantes, de los jarabes. Este tipo de reacciones por aditivos no ocurre casi nunca en las primeras tomas, sino a medida que avanza el tratamiento y el frasco se va terminando. Esto se debe a que estas reacciones son dosis-dependientes, es decir, aparecen cuando es mayor la cantidad ingerida del jarabe con su aditivo (por ejemplo: jarabe con sabor a fresa, plátano…).

 

CONSEJOS PARA FAMILIARES DE NIÑOS ALÉRGICOS A ALIMENTOS

• Si cree que algún alimento le provoca alergia al niño, consúltelo con su médico y no haga experimentos para confirmarlo.

• Si ya conoce a qué alimento o alimentos es alérgico su hijo, evite que los consuma.

• Compruebe los ingredientes que aparecen en la etiqueta de los productos (si el bebé es alérgico al huevo, por ejemplo, ha de evitar ingredientes como albúmina, lisozima, lecitina si no especifica que es de soja).

• Ponga al corriente a los demás de la situación de su hijo (a los profesores, cuidadores, etc.).

• Cuando el niño coma fuera de casa, pregunte por los ingredientes de las comidas. Si hay alguna duda con respecto a lo que hay en el plato, es aconsejable que no lo coma.

 

Diseñado por Biu-webservice.com

Directorio de Empresas de Salud y belleza